Este ensayo fue traducido por María Ignacia Seguel Montoya.
En 1787, una orquídea pulpito (Prosthechea cochleata) floreció tranquilamente bajo el cuidado del equipo botánico de Kew Gardens, en Londres. Este fue uno de los primeros registros del florecimiento de una orquídea importada en un vivero británico. Se podría decir que aquel florecimiento fue el precursor de una era de orquidelirio que acabaría apoderándose de Europa occidental.
Para el siglo XIX, los europeos adinerados e interesados en las ciencias enviaban recolectores de flores en peligrosas misiones a las Antillas, América del Sur, la península india y el Sudeste Asiático para conseguir las especies más “nuevas” y exóticas. Estas flores no solamente eran expuestas en viveros para su contemplación, sino que también eran sometidas al escrutinio científico. En otras palabras, las orquídeas se encontraban a la vanguardia de la ciencia y la estética. En la carrera por obtener especies raras de orquídeas silvestres había grandes intereses en juego. Los recolectores y coleccionistas podían obtener fama y riqueza mediante plantas únicas. En 1890, el coleccionista británico Frederick Sander (nombrado “Cultivador Real de Orquídeas” por la reina Victoria) subastó un ejemplar sudamericano de Cattleya warscewiczii por 2.000 libras. Si ajustamos este monto a la inflación, equivaldría aproximadamente a 236.000 libras en 2017.

Ciertamente, no debemos asumir que las orquídeas fueron descubiertas en el siglo XIX. Existían numerosas orquídeas en Europa, pero su atractivo palidecía frente al de géneros tropicales, como la orquídea fantasma (Dendrophylax lindenii), conocida por los europeos por primera vez en Cuba en 1844, o Jumellea fragrans, “descubierta” en la isla de Reunión en 1822. Mientras la expansión colonial avanzaba sobre nuevos territorios considerados “exóticos,” la búsqueda de especímenes tropicales y subtropicales aumentaba en respuesta a la demanda de productos imperiales en la propia Europa. Las técnicas de hibridación ya se realizaban en 1853, pero durante mucho tiempo los coleccionistas consideraron que las flores híbridas eran menos deseables que las orquídeas no híbridas procedentes de lugares remotos. Como resultado, selvas e islas distantes fueron recorridas y saqueadas por cazadores de orquídeas.

Es fácil calificar a los naturalistas y comerciantes de extractivistas, y ciertamente lo eran. Pero esa no es toda la historia. Por un lado, el coleccionismo de orquídeas puede parecer una actividad frívola y egoísta. Por otro, los botánicos y coleccionistas del siglo XIX concebían sus actividades como una forma noble de proteger, cultivar y dar reconocimiento a aquello que la ciencia aún desconocía. La idea generalizada era que los invernaderos eran lugares más apropiados que el medio silvestre para las delicadas orquídeas. En un intento por reproducir su hábitat tropical húmedo, los jardineros europeos construyeron invernaderos calefaccionados, con escasa ventilación y gruesas capas de vidrio. El hecho de que muchas orquídeas no sobrevivieran en estas condiciones inadecuadas parecía reafirmar la idea de que las flores poseían una belleza frágil y necesitaban cuidados constantes.
Lo que resulta revelador es que la mentalidad subyacente a la recolección de orquídeas reproduce la lógica del colonialismo. Incluso cuando los colonizadores actuaban con la intención de “proteger” a las personas y los recursos de una condición considerada más “primitiva,” el proceso no dejaba de ser violento. Mientras los coleccionistas europeos cuidaban atentamente las flores en sus invernaderos, los “cazadores” de plantas dañaban gravemente los territorios y los ecosistemas donde estas florecían. Su devoción se sustentaba en la devastación. La lógica colonial de la “protección” todavía tiene el poder de moldear los relatos que contamos. Ha distorsionado la percepción del pasado al presentar como naturales fenómenos históricamente condicionados.

En la novela de Edwidge Danticat, Cosecha de huesos, las huellas inesperadas de la historia colonial y la permeabilidad entre el cuidado y la violencia se vuelven perceptibles a través de las orquídeas. Al principio, la novela parece centrarse en tiempos poscoloniales más que en la historia colonial, pues narra el brutal régimen de Rafael Trujillo. La novela gira en torno a la campaña de limpieza étnica de 1937, conocida como la Masacre del Perejil: una semana sangrienta durante la cual las fuerzas militares de Trujillo asesinaron a miles de haitianos y dominicanos de ascendencia haitiana residentes en la República Dominicana. Presuntamente, utilizaron la pronunciación de la palabra perejil como criterio para decidir quién vivía y quién moría. La narradora, Amabelle, es una joven haitiana cuyos padres murieron ahogados en el río que divide ambos países. Don Ignacio, un terrateniente de origen español que vive en la República Dominicana, la rescata de la orilla del río y la lleva a su casa. Ella permanece con su familia y trabaja como sirvienta, llevando una vida relativamente tranquila hasta que Trujillo toma el poder. Aunque sobrevive a la Masacre del Perejil, pierde a su pareja en medio del caos. El libro la acompaña a través del terror de la masacre y del duelo posterior.
A primera vista, los temas de la novela parecen evidentes: dictadura, pérdida y trauma. Sin embargo, mientras profundizamos en las narraciones de amor y pérdida, descubrimos historias más sutiles, relatadas por las flores que permanecen ocultas en el trasfondo de la novela. La proliferación de las orquídeas arroja luz sobre la práctica imperialista de la apropiación afectiva: la imaginación y el deseo coloniales impulsan a las personas a apoderarse de objetos naturales y conferirles nuevos valores. Estos objetos apropiados, dotados de nuevas significaciones, se incorporan a nuestra cultura y reescriben la historia.
Orquídeas: la planta
En Cosecha de huesos, las orquídeas son estrictamente europeas. En los terrenos de su hacienda, don Ignacio cultiva flores domesticadas como pasatiempo: pertenecen al jardín y únicamente al jardín. Amabelle observa a don Ignacio cuidar sus orquídeas, “acariciando los pétalos y arrancando las malezas y las piedras de la tierra que hay bajo ellas” (84).
El placer que obtiene de cuidar sus bellas plantas exóticas se contrapone de manera evidente al difícil y doloroso trabajo que la mano de obra mayoritariamente haitiana realiza en los campos de caña de azúcar. En el centro de la práctica de cuidado de don Ignacio está la creencia de que las orquídeas necesitan sus cuidados. Como los aficionados europeos a las orquídeas del siglo anterior, don Ignacio se imagina a sí mismo como “protector” de las frágiles flores. Al situar a don Ignacio cuidando sus orquídeas en la isla de La Española y no en un invernadero europeo, Danticat destaca el poder de la imaginación colonial. La exitosa reescritura de las orquídeas como objetos delicados y dependientes del cuidado europeo borra el hecho de que originalmente fueron plantas silvestres que crecían sin intervención humana en regiones tropicales. De hecho, muchas especies poseen una robustez natural.

A través de la novela, las orquídeas no abandonan los confines del jardín. En el último capítulo, Amabelle regresa a la República Dominicana para visitar a la señora Valencia, hija de don Ignacio, amiga de infancia de Amabelle y esposa de un militar dominicano que ejecutó las órdenes mortíferas de Trujillo. Amabelle recuerda lo que vio en el jardín de su nueva casa:
Aferré mis dedos a una de las figuras en forma de corazón del enrejado del portón y observé una hilera de bancos de mimbre entre los flamboyanes del jardín, que estaba lleno del doble de especies de orquídeas de las que Papi había cultivado jamás (291).
El brutal régimen de Trujillo ya ha terminado, pero formas encubiertas de violencia y explotación continúan floreciendo, literalmente. Danticat introduce un tono agridulce: por un lado, el jardín es un recordatorio conmovedor del cuidado bienintencionado, aunque paternalista, de don Ignacio. Por otro, la expansión de la colección de orquídeas evidencia que nuevas especies siguen siendo “descubiertas,” estudiadas, catalogadas, comercializadas y reterritorializadas en invernaderos, jardines y hogares mucho después del frenesí por las orquídeas del siglo XIX. El uso que hace Danticat de la voz pasiva al describir el nuevo jardín, donde el espacio “estaba lleno,” dificulta detectar la intervención humana. Un incremento natural de las especies resulta improbable; sin embargo, los lectores caen en la ilusión de una proliferación espontánea. Del mismo modo, en una compleja trama de amor, cuidado y terror, Amabelle permanece ajena al legado perdurable de la violencia que llevó las orquídeas hasta una propiedad como aquella.
Orquídeas: la imagen
A medida que el precio de las orquídeas aumentaba durante el siglo XIX, también se incrementaba el valor de su imagen. Tanto en Europa como en América, los motivos de orquídeas fueron incorporados a la moda y al diseño de mobiliario como signos de estatus y sofisticación. En 1889, Paulding Farnham, diseñador de Tiffany & Co., creó una serie de joyas de inspiración naturalista basadas en orquídeas procedentes de distintas partes del mundo. Esta serie de broches es conocida actualmente como las Orquídeas de Tiffany. Los motivos de orquídeas también aparecieron en vestidos, muebles, utensilios y otros objetos domésticos. Dado que la familia de don Ignacio pertenece a la clase alta, no resulta sorprendente que estos motivos también aparezcan en algunos de los objetos preciados de su hogar, particularmente en el refinado armario de la señora Valencia y en su costoso juego de té de porcelana.
La flor no es una flor, sino un objeto sagrado
Bajo la sombra del régimen de Trujillo, la orquídea europeizada se convierte en un elemento de diferenciación étnica y de clase en la novela de Danticat. No todos en la casa tienen acceso a las orquídeas o a los objetos asociados con ellas. Cuando el esposo de la señora Valencia descubre que ella permite que los trabajadores haitianos de la caña de azúcar utilicen su juego de té de porcelana para tomar té, estalla en un ataque de ira y lo estrella contra la pared. Para el esposo de la señora Valencia, el contacto entre las elevadas representaciones de orquídeas y los denigrados campesinos haitianos produce una disonancia cognitiva. La flor no es una flor, sino un objeto sagrado. Una vez profanada, pierde su brillo y debe ser destruida.
En otros momentos de la novela, la imagen sagrada de la orquídea invita a los lectores a explorar relaciones más complejas entre el amor, el cuidado y la violencia. En una escena desgarradora, la señora Valencia decora el ataúd de su hijo, aún bebé, pintando el jardín de orquídeas de su padre y cuatro pequeños colibríes. Amabelle narra con empatía el dolor de su amiga mientras observa cómo la joven madre en duelo adorna el lugar de descanso final de su hijo con las imágenes que ama.

Ilustración de Martin Johnson Heade, 1871.
No obstante, no podemos ignorar que el conocimiento ecológico de la señora Valencia, reflejado en su pintura, proviene directamente de una historia de prácticas imperialistas. Aunque los colibríes polinizan menos del 2,8 % de las especies de orquídeas del mundo, el dibujo le parece verosímil a la señora Valencia porque reproduce fielmente una imagen particular difundida por los círculos de colectores del siglo XIX. El naturalista y artista Martin Johnson Heade, por ejemplo, se hizo célebre por representar conjuntamente colibríes y orquídeas en sus pinturas. En otras palabras, las orquídeas han sido extraídas del contexto de sus hábitats naturales y ciertas representaciones de ellas han comenzado a circular hasta adquirir vida propia. Para la señora Valencia, asociar las orquídeas con los colibríes resulta “natural.” Es difícil acceder a lo real cuando consumimos imágenes, tanto en las bellas artes como en la cultura popular, de un ecosistema que ha sido reescrito por el poder de la imaginación colonial.
La conexión entre las orquídeas, la historia colonial, la violencia racial y la división de clases prácticamente se ha perdido en la actualidad. O, al menos, esa fue la impresión que tuve cuando fui a comprar flores a Trader Joe’s. Al entrar en la tienda, me recibió una hilera de orquídeas rosadas. Alineadas bajo las intensas luces de una sucursal de la cadena de supermercados, pequeñas macetas de Dendrobium se vendían a 6,99 o 12,99 dólares, dependiendo de su tamaño. En otras palabras, se han vuelto comunes. Pero esto no significa que debamos dejar de prestarles atención. De hecho, los objetos cotidianos pueden contener vastas historias. Debemos observarlos con mayor detenimiento del que son capaces don Ignacio y la señora Valencia en la novela de Danticat. En objetos como las orquídeas debemos reconocer un sistema mundial: un sistema en el cual los desequilibrios de poder influyen en la manera en que lo humano y lo natural se entrecruzan.
Imagen destacada: “Orquídeas y colibrí,” de Martin Johnson Heade. Imagen tomada de Wikimedia Commons.
Weishun Lu es doctoranda en Estudios Literarios en la Universidad de Wisconsin-Madison. Su trabajo se centra en los estudios coloniales y poscoloniales, y su proyecto examina las formas en que el cuidado y la violencia se entrecruzan en la apropiación de objetos naturales. Contacto.
María Ignacia Seguel Montoya es paleógrafa y candidata a doctora en Historia por la Universidad de Concepción (Chile). Su trabajo aborda críticamente las relaciones entre naturaleza, territorio y poder colonial, con especial atención a las transformaciones ecológicas y los imaginarios ambientales. Contacto.





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