Legados de las plantaciones

Photo collage of rice, fields, and cotton plants

Esta es la primera de una serie de entradas sobre el Plantacionoceno —un nombre alternativo propuesto para la época geológica de la humanidad comúnmente denominada Antropoceno—. Con el apoyo financiero de la Fundación Andrew W. Mellon, la Universidad de Wisconsin–Madison organizará un Seminario John E. Sawyer que incluirá conferencias públicas, mesas redondas, talleres, proyecciones de cine y exposiciones en bibliotecas y museos, y que se llevará a cabo entre febrero de 2019 y mayo de 2020 con el objetivo de explorar y profundizar en el concepto de Plantacionoceno. El seminario examina el pasado y el presente de las plantaciones, sus dimensiones materiales, las transformaciones económicas, ecológicas y políticas que generaron, y su importancia en la configuración de los cuerpos humanos, el capitalismo y la tierra a lo largo de cuatro siglos. Editoras de la serie: Laura Perry y Addie Hopes.

Este ensayo fue traducido al español por Nicolás Felipe Rueda Rey y Tomás Pino.

Original text in English.


“Las plantaciones han vuelto”, escribió la antropóloga Tania Murray Li en 2018, refiriéndose a una reciente ola de expansión del aceite de palma en Indonesia. O, más bien, nunca se fueron realmente. Hoy asistimos a una nueva ola de agricultura industrial de plantación, en medio de una carrera global por la tierra comparable a una etapa anterior de economías plantacionistas. Las estimaciones sugieren que 75 millones de acres de tierra en todo el mundo han sido vendidos o arrendados en la última década a inversores extranjeros para concesiones agrícolas a gran escala de palma aceitera, caucho y otros cultivos. Sin embargo, los cambios provocados por estas expansiones recientes son solo el ejemplo más reciente de una transformación en las relaciones entre los cuerpos, el capital y la tierra que tiene sus raíces en el siglo XVI. A comienzos del mismo siglo, los colonizadores españoles y portugueses ya habían empezado a importar a las Américas modelos de plantación que habían desarrollado por primera vez en las islas del Atlántico durante el siglo anterior.

A large field of rubber plant seedlings
Plántulas de caucho esperan ser plantadas en una concesión otorgada a la empresa Firestone Tire & Rubber Company por el gobierno de Liberia en 1926. El arrendamiento por 99 años de hasta un millón de acres de tierra en Liberia concedido a Firestone allanó el camino para la actual ola de concesiones de tierras a inversores extranjeros en el país. Fotografía de Gregg Mitman.

Los mundos de plantación, tanto del pasado como del presente, ofrecen un poderoso recordatorio de que los problemas ambientales no pueden separarse de las historias de colonialismo, capitalismo y racismo que han hecho que algunos seres humanos sean más vulnerables que otros al aumento de las temperaturas, la subida del nivel del mar, la exposición a sustancias tóxicas y el despojo de tierras que ocurren en todo el mundo. A medida que los peligros de gran alcance del cambio climático se vuelven cada vez más imposibles de ignorar, académicos y científicos buscan formas de trazar el impacto sin precedentes que los seres humanos están teniendo sobre el planeta. Una serie de indicadores globales sugiere que, desde 1950, hemos entrado en un periodo en el que las tasas de actividad humana, incluidos el crecimiento de la población, el uso de energía y el consumo de combustibles fósiles y fertilizantes, han aumentado tan rápidamente que están alterando los sistemas de la Tierra de maneras profundas. Los científicos del cambio global se refieren a esto como la Gran Aceleración.

La Gran Aceleración es la más reciente de una serie de cambios planetarios impulsados por la acción humana que constituyen lo que un creciente coro de científicos, científicos sociales y humanistas ha denominado el Antropoceno: una nueva Era de los Humanos. Por primera vez en la historia de la Tierra, el Homo sapiens se ha convertido en una fuerza geomorfológica en el planeta, alterando la química de la atmósfera y de los océanos y precipitando una era de extinción masiva de especies. Pero lo que la etiqueta del Antropoceno oculta, y lo que la letanía de gráficos que documentan la Gran Aceleración esconde, es una historia de opresión y violencia racial, junto con desigualdades de riqueza, que ha construido y sostenido los motores del crecimiento económico y del consumo durante los últimos cuatro siglos.

Thick white smoke pours from the smoke stacks in an oil refinery.
La refinería de Exxon Mobil en Baton Rouge, Louisiana, es una de las muchas plantas petroquímicas que ponen en riesgo a las comunidades de la zona conocida como Cancer Alley. Fotografía de WClarke, 2017.

La plantación, observó Sidney Mintz hace tiempo, era una «síntesis de campo y fábrica», un sistema agroindustrial empresarial fundamental para el ascenso y la expansión históricos del capitalismo. La plantación y las reconfiguraciones de la vida que la acompañan se producen mediante procesos de desposesión de tierras, de extracción de trabajo y de violencia racializada. Como tal, la plantación constituye un espacio clave para considerar las formas en que la tierra, el trabajo y el capital han sido organizados para beneficiar a algunos, mientras ponen en peligro las vidas y los medios de subsistencia de otros en todo el mundo. Estos legados, «de la esclavitud y del trabajo no libre», como señala la académica de Estudios Afroamericanos Katherine McKittrick, «tanto moldean como forman parte del entorno que habitamos en la actualidad». Los legados de las plantaciones, junto con las estrategias de supervivencia y resistencia que los acompañan, persisten en las geografías racializadas de los sistemas penitenciarios de Estados Unidos y Brasil. Emergen en las cargas tóxicas desiguales que padecen comunidades empobrecidas y racializadas en lugares como Cancer Alley, un corredor industrial de plantas petroquímicas que se extiende a lo largo del río Misisipi desde Nueva Orleans hasta Baton Rouge, donde el algodón fue en otro tiempo el rey. Y aparecen en los patrones de inversión extranjera directa y de servidumbre por deuda que estructuran muchos acuerdos sobre tierras en el Caribe, Brasil y África subsahariana, cuando países como Liberia buscan inversión de capital, intercambiando tierras y mano de obra barata por liquidez inmediata que probablemente empobrecerá a las generaciones futuras.

En agosto de 2016, el Grupo de trabajo sobre el Antropoceno recomendó oficialmente 1950 como el inicio del Antropoceno. Para la década de 1950, la lluvia radiactiva de plutonio procedente de las pruebas atmosféricas de armas nucleares se convirtió en una firma global detectable de la transformación humana del planeta. Sin embargo. Otros académicos han propuesto marcadores distintos para el comienzo del Antropoceno. Simon Lewis y Mark Maslin, climatólogos y científicos del cambio global de la Universidad de Londres, proponen, en cambio, 1610 como fecha del «clavo dorado» del Antropoceno. Esa fecha marcó una caída global detectable en las condiciones de dióxido de carbono, precipitada, argumentan, por la muerte de casi 50 millones de habitantes humanos indígenas como resultado de la «guerra, la esclavización y el hambre» provocadas por el contacto europeo.

La violencia racializada, la desposesión de tierras y la pérdida de especies son temas recurrentes del Plantacionoceno.

Situar los orígenes del Antropoceno en el inicio del colonialismo de asentamiento en las Américas durante la temprana modernidad ayuda a visibilizar una historia violenta que a menudo se borra cuando se adopta una perspectiva centrada en la especie y en el cambio ambiental global. Sí, los seres humanos constituimos una sola especie biológica, Homo sapiens. Pero no todos los miembros de nuestra especie contribuyen por igual a los desafíos ambientales que enfrenta el planeta. La degradación de los suelos en las regiones productoras de tabaco y algodón del sur de Estados Unidos, o en los campos de caña de azúcar de muchas islas del Caribe, por ejemplo, fue consecuencia de un sistema económico y social que ejerció violencia tanto sobre la tierra como sobre las personas esclavizadas obligadas a trabajarla.

Estas historias de violencia no resultan tan evidentes en las genealogías que sitúan la aparición del Antropoceno en la Revolución Neolítica hace 12.000 años, en el inicio de la Revolución Industrial europea hacia 1800 o en la prueba nuclear Trinity de 1945. Las plantaciones de caña de azúcar ya se extendían por la cuenca mediterránea durante la Baja Edad Media. Sin embargo, fue durante la temprana modernidad, y específicamente en el Caribe, donde la intersección de modelos económicos proto-capitalistas emergentes basados en trabajo forzado migratorio (primero servidumbre por contrato y luego esclavitud), uso intensivo de la tierra, comercio globalizado y regímenes coloniales sostenidos sobre una violencia racializada incesante dio lugar a los modelos transformadores de plantación que reconfiguraron las vidas y los medios de subsistencia de seres humanos y no humanos a escala planetaria.

A man wearing a backpack turns a large wooden sugar mill..
Un campesino en Maïssade, en el centro de Haití, muestra el funcionamiento de un molino azucarero tradicional. Estos molinos, hoy accionados por bueyes o burros, extraían el jugo de la caña de azúcar mediante el trabajo de personas esclavizadas en el Saint-Domingue colonial a partir del siglo XVIII. Fotografía de Sophie Moore.

Podríamos, siguiendo la propuesta de teórica de los estudios sociales de la ciencia Donna Haraway y de la antropóloga Anna Tsing, designar más apropiadamente esta era como el Plantacionoceno. Al hacerlo, ponemos este concepto emergente en diálogo con tradiciones arraigadas del pensamiento radical negro, caribeño e indígena que han confrontado los legados persistentes de las plantaciones y las transformaciones de la tierra, el trabajo, los cuerpos y los sistemas de valor que han acompañado su formación. Invocar el Plantacionoceno de este modo es, a la vez, una provocación y una reflexión destinada a cuestionar el pensamiento a escala de especie propio del Antropoceno. Ayuda a visibilizar las relaciones de poder y las desigualdades económicas, ambientales y sociales que han hecho que las formas de habitar un mundo atravesado por el cambio climático acelerado, la extinción masiva de especies y la creciente disparidad de riqueza sean más precarias para algunos seres humanos y no humanos que para otros. Es también una invitación a ver, en palabras de la geógrafa Laura Pulido, «el Antropoceno como un proceso racial», uno que ha producido y seguirá produciendo «vulnerabilidad y muerte desigualmente distribuidas según la raza».

El caso de Haití ofrece uno de los ejemplos más conocidos de la relación entre el auge de las plantaciones modernas y los tipos de transformaciones ambientales, políticas y sociales que nos proponemos explorar. Con el desarrollo de modelos intensivos de plantación por monocultivo (azúcar, tabaco, café y añil) a partir de finales del siglo XVII, Saint-Domingue se convirtió en una de las sociedades de plantación más ricas de la temprana modernidad. Las riquezas que produjo Saint-Domingue solo fueron posibles mediante el consumo voraz de cuerpos humanos y tierras cultivables, así como mediante el desarrollo de mercados de consumo que caracterizó al nuevo mundo de plantaciones que emergía en el Atlántico moderno temprano.

¿Qué modos alternativos de supervivencia y florecimiento surgen al atender las geografías desiguales y los legados de los mundos de plantación?

En el interior de Haití, sin embargo, lejos de la región costera donde predominaban las plantaciones y los centros coloniales de poder, echaron raíces tradiciones agrarias radicales de origen afrodescendiente. En la Meseta Central haitiana, donde las personas esclavizadas cultivaban huertos y los cimarrones buscaban refugio, emergieron configuraciones de vida y de valor muy distintas, junto a y en contra de la plantación. El sociólogo haitiano Jean Casimir sitúa estas prácticas de lucha por tierra y el trabajo dentro de un sistema persistente de «contra-plantación.» Las formas de vida de la contra-plantación han incluido no solo los asentamientos cimarrones del Saint-Domingue colonial y revolucionario, sino también los guerrilleros conocidos como Cacos, que lucharon contra la ocupación estadounidense de comienzos del siglo XX, así como los movimientos campesinos que continúan floreciendo en Haití hoy. Como han señalado estudiosos como C.L.R James, Clyde Woods y Jean Casimir, quienes habitan el interior haitiano han cultivado formas de vida de contra-plantación que siguen resonando en toda la Afroamérica contemporánea.

Movimientos sociales rurales como el Mouvman Peyizan Papay (MPP, o Movimiento Campesino de Papaye) ofrecen un ejemplo clave de los esfuerzos actuales por cultivar futuros agrarios más allá y en contra de la plantación. En la parte elevada de la Meseta Central, donde el MPP fue fundado en 1973, vacas y cabras pastan en laderas que nunca fueron sembradas con caña de azúcar ni con café, a diferencia de las planicies del oeste o del norte. Trabajando en formaciones colectivas de trabajo llamadas gwoupman, los campesinos ponen en práctica en sus pequeñas parcelas los métodos agroecológicos que enseñan los organizadores y formadores del MPP. Como en los terrenos de provisión que sostenían a las personas esclavizadas en los márgenes de la plantación, en estos huertos los campesinos cultivan maíz, hortalizas y frutas para el consumo doméstico y para el mercado local. A través de movimientos como el MPP, los habitantes rurales del interior haitiano luchan por sostener un modo de vida agrario que afirma la autonomía económica, la sostenibilidad socio-ecológica y la soberanía política, incluso cuando nuevas configuraciones de poder y capital continúan reproduciendo mundos de plantación.

Cartoon drawing of people and livestock at work.
«1973-1998: 25 años de lucha por el cambio social». Cartel conmemorativo del 25.º aniversario del Mouvman Peyizan Papay (MPP, o Movimiento Campesino de Papaye), celebrado del 23 al 29 de marzo de 1998. Imagen del archivo personal de Robert Maguire.

Interrogar el Plantacionoceno implica reconocer las estructuras de plantación y sus formas características de organizar la vida y el trabajo —particularmente de las personas racializadas— en espacios donde han sido olvidadas o permanecen ocultas, pero siguen estando muy presentes. En este sentido, podemos considerar también las Sea Island de Georgia, hoy conocidas sobre todo por hoteles de lujo, complejos de golf y turismo patrimonial centrado en el pueblo Gullah Geechee. Para las potencias imperiales de los siglos XVII y XVIII, estas barreras de archipiélagos y del litoral continental norteamericano se encontraban a corta distancia del Caribe. Al igual que las islas caribeñas más célebremente asociadas con la agricultura de plantación y con las consecuencias ecológicas y humanas que esta produjo, las Sea Islands fueron también territorios codiciados y disputados para las plantaciones por los Imperios Español, Creek, Inglés y Francés.

Las plantaciones de las Sea Islands también fueron trabajadas por personas indígenas ya africanas de la diáspora. Como en Haití, los seres humanos sometidos a las lógicas extractivas de las plantaciones en las Sea Island de Georgia nunca aceptaron pasivamente la instrumentalización de sus vidas y su trabajo. En el siglo XVIII, por ejemplo, personas que iban desde comerciantes Creek hasta colonos escoceses y trabajadores afrodiásporicos desarrollaron alternativas sólidas al modelo agroempresarial de la plantación. Estas incluyeron proyectos agrícolas a pequeña escala y economías comerciales entre diversos pueblos marginados, como los impulsadas por Coosaponakessa, una mediadora política de origen Creek (también conocida como Mary Musgrove).

A woman uses a long stick to pound rice, while a small child peeks out behind her.
La residente de Sapelo Island Rachel Dunham pila arroz en la década de 1920. El cultivo de arroz de subsistencia contribuyó a las prácticas de contraplantación que han florecido durante mucho tiempo en los márgenes de las plantaciones. Fotografía reproducida del libro Images of America: Sapelo Island, de Buddy Sullivan.

La isla Sapelo, una de las Sea Islands frente a Georgia, ofrece un ejemplo particularmente elocuente de una alternativa al modelo de plantación imperial, agroempresarial y del complejo industrial-carcelario. Colonizada sucesivamente por intereses españoles, ingleses, escoceses, franceses y luego estadounidenses vinculados a la plantación, a comienzos del siglo XIX la isla fue testigo del surgimiento de comunidades negras autónomas que transformaron los terrenos situados en los márgenes de las plantaciones de añil, algodón y tabaco en pequeñas exportaciones agrícolas y proyectos pequeros que persisten hasta el día de hoy, a pesar de los intereses estatales y empresariales que desean relegarlas a vestigios del pasado.

La plantación constituye un momento transformador en la historia humana y natural a escala global. Nuestra indagación permanece atenta a —y se sitúa dentro de— las estructuras de poder incrustadas en las formaciones imperiales y capitalistas, la eliminación de ciertas formas de vida y de relación en la configuración de paisajes agrícolas industriales, y las historias y legados persistentes de las economías de plantación que subsisten en todo el mundo. La violencia racializada, la desposesión de tierras y la pérdida de especies son temas recurrentes del Plantacionoceno. Estos abren una conversación hacia otras maneras de teorizar los mundos producidos dentro y en contra de las relaciones coloniales e imperiales de poder, dinámicas que a menudo quedan oscurecidas por la problemática de la blancura del ambientalismo. Entre ellas se encuentran tradiciones arraigadas del pensamiento económico y político afrodiásporico, así como giros más recientes hacia la plantación como espacio para pensar el funcionamiento del capitalismo racial, las luchas por la libertad de pueblos negros e indígenas, la soberanía alimentaria, las geografías carcelarias y los legados encarnados y territorializados de la esclavitud racial. Cuando el alero de Los Lakers, LeBron James, denunció recientemente la «mentalidad esclavista» de «viejos hombres blancos» propietarios de equipos en la National Football League en su programa de HBO The Shop, recordó a los espectadores la dolorosa persistencia de las lógicas de plantación —patrones de pensamiento y estructuras económicas y sociales— que continúan moldeando la distribución del capital y el trato diferencial de la vida humana hasta el día de hoy.

Nuestro objetivo es suscitar nuevas preguntas sobre los efectos configuradores del mundo del capitalismo global, del colonialismo y de la esclavitud racial. Las cuestiones en juego son tanto empíricas como teóricas. ¿Qué puede aportar la teorización del capitalismo racial en la Tradición Radical Negra o la valoración económica de las personas esclavizadas en las Américas de la temprana modernidad para pensar las genealogías que informan lo que la historiadora y académica feminista de estudios de la ciencia Michelle Murphy describa como la «economización de la vida»? ¿Qué comprensiones diferentes de la tierra y de la vida emergen? ¿Qué modos alternativos de supervivencia y florecimiento surgen al atender las geografías desiguales y los legados de los mundos de plantación? ¿Cuáles son las transformaciones materiales que la plantación ha producido? ¿Cómo tales transformaciones materiales han sostenido flujos globales de conocimiento y capital que continúan reproduciendo la plantación de manera persistente? En conjunto, estas preguntas podrían comenzar a iluminar la provocadora cuestión planteada por el estudioso caribeño Malcom Ferdinand: ¿Qué aspecto tendría el ambientalismo si partiéramos, no de la naturaleza virgen, sino de la plantación?


Los autores desean expresar su especial agradecimiento a la Fundación Andrew W. Mellon por su apoyo al Seminario John E. Sawyer sobre el Plantacionoceno. La investigación para algunas secciones de este ensayo también contó con el respaldo de una subvención de la Carnegie Corporation de Nueva York.

Imagen destacada: A lo largo de los últimos 500 años, la plantación ha transformado los mundos ecológicos, económicos y sociales en todo el planeta. Imagen creada por Danielle Lamberson Philipp para el Seminario Sawyer sobre el Plantacionoceno, 2018.

Sophie Sapp Moore es becaria posdoctoral Mellon para la investigación sobre el Plantacionoceno en la Universidad de Wisconsin–Madison. Obtuvo su doctorado en la Universidad de California, Davis, en 2018, en Estudios Culturales con un énfasis designado en Teoría Crítica. Su investigación interdisciplinaria examina la intersección entre los procesos de transformación política y ambiental en el Caribe. Su proyecto actual aborda, desde una perspectiva etnográfica e histórica, la configuración de geografías radicales negras en las regiones fronterizas centrales de Haití desde comienzos del siglo XIX. Contacto. X.

Monique Allewaert es profesora asociada de Literatura Inglesa en la Universidad de Wisconsin–Madison. Estudia las formas en que las estructuras y los flujos coloniales han configurado las Américas. Su libro Ariel’s Ecology: Personhood and Colonialism in the American Tropics, 1760–1820 (University of Minnesota Press, 2013) explora cómo el colonialismo de plantación modela las concepciones del cuerpo, la práctica estética y el conocimiento científico y ambiental. Contacto.

Pablo F. Gómez es profesor asociado en los departamentos de Historia de la Medicina e Historia de la Universidad de Wisconsin–Madison. Su libro The Experiential Caribbean examina la formación de creencias y la producción de evidencia sobre el cuerpo humano y el mundo natural en el Caribe negro de la temprana modernidad. Actualmente trabaja en una historia del cuerpo cuantificable en las sociedades esclavistas del Atlántico temprano. Contacto.

Gregg Mitman es profesor Vilas Research y profesor William Coleman de Historia, Historia de la Medicina y Estudios Ambientales en la Universidad de Wisconsin–Madison. Entre sus trabajos más recientes se encuentra The Land Beneath Our Feet (2016), un documental codirigido y coproducido con Sarita Siegel sobre historia, memoria y derechos sobre la tierra en Liberia, y Future Remains: A Cabinet of Curiosities for the Anthropocene, coeditado con Marco Armiero y Robert S. Emmett (Chicago: University of Chicago Press, 2018). Contacto. Sitio web. X.

Nicolás Felipe Rueda Rey is a Colombian historian specializing in the socio-cultural and environmental history of global tobacco. His work examines agro-industrial expansion, campesino gendered labor and care, and corporate-state power through political ecology and environmental humanities across shifting local and global landscapes. Contact.

Tomás Ignacio Pino Flores is a Ph.D. Student in the Department of History.  His research focuses on an intellectual and environmental history of the Anthropocene, mainly focused on how radical movements in Latin American are proposing solutions to the current environmental crisis. He is originally from Chile, and he really enjoys going to the beach in the Pacific Ocean. Contact.