¿Por qué Edge Effects?  

Traducción al español: Nicolás Felipe Rueda Rey.
Original text in English.


Entonces… ¿por qué elegimos “Edge Effects” (Efectos de Borde) como nombre para la Revista oficial del CHE? 

Hay muchas respuestas a esta pregunta. Algunas tienen que ver con la historia de la ecología, otras con la geografía de Wisconsin, otras con la historia institucional de nuestra universidad, otras con la naturaleza de las conversaciones entre disciplinas académicas, y todas se relacionan con los valores fundamentales del Centro para la Cultura, la Historia y el Medio Ambiente (CHE por sus siglas en ingles). Permítanme intentar entretejer estas razones para mostrar cómo se relacionan con lo que esperamos hacer en esta Revista Digital. 

Frederic Edward Clements depicted a transect across an ecotone boundary in his classic manual on Plant Physiology and Ecology (New York: Henry Holt, 1907), 211. Click to enlarge.
Frederic Edward Clements representó un transecto a través del límite de un ecotono en su ya clásico manual Plant Physiology and Ecology (Nueva York: Henry Holt, 1907), 211.

Quienes estén familiarizados con la historia de la ecología probablemente recordarán que el concepto de “bordes” (Edges) ecológicos surgió a principios del siglo XX para describir las interacciones biológicas que ocurren en los límites entre diferentes formaciones vegetales y tipos de hábitat. Frederic Edward Clements, uno de los fundadores más importantes de la ecología vegetal en los Estados Unidos, fue responsable de introducir la palabra “ecotono” para describir dichos límites en su estudio pionero sobre la vegetación de Nebraska1. Para Clements, la capacidad de trazar un límite alrededor de formaciones vegetales distintas era un primer paso esencial para nombrar esas formaciones y describir sus características, sentando así las bases para todo el análisis ecológico posterior. 

Sin embargo, fue el propio Aldo Leopold, de Wisconsin, quien enfatizó la palabra más cotidiana “borde” (Edge) como sinónimo del ecotono de Clements, y quien inventó la etiqueta “efectos de borde” (Edge Effects) para describir las interacciones en las proximidades de tales límites. En su clásico de 1933 Game Management, Leopold siguió su costumbre habitual de combinar las ideas imparciales de un ecólogo con las de un experimentado hombre de bosque y cazador para declarar que “la caza es un fenómeno de los bordes. Ocurre donde convergen los tipos de alimento y cobertura que necesita, es decir, donde sus bordes se encuentran. Todo cazador de urogallos lo sabe cuando selecciona el borde de un bosque, con sus enredaderas de uvas, sus arbustos de espino y sus pequeñas bahías herbáceas, como el lugar probable para buscar aves”2. Para una criatura como el ciervo de cola blanca, mordisquear plantas cerca de un borde era una forma de aprovechar el alimento asociado con pastizales y marismas expuestos sin alejarse demasiado de la cobertura protectora del bosque. 

El argumento de Leopold era que muchas especies buscaban los bordes debido a la variedad de recursos disponibles cerca de esos límites. “No entendemos la razón de todos estos efectos de borde”, escribió, “pero en aquellos casos donde podemos adivinar la razón, generalmente se remonta ya sea a la conveniencia de tener acceso simultáneo a más de un tipo ambiental, o a la mayor riqueza de la vegetación fronteriza, o a ambas”. Aunque sabía que carecía de datos para cuantificar esta percepción, creía que los bordes eran lugares donde las diferentes especies a menudo estaban presentes en mayor número, variedad y densidad que en otros lugares. “Un acre de lindero o seto vivo”, declaró, “que consiste, por así decirlo, enteramente de bordes (Edges), suele tener más caza (y también pájaros cantores) que muchos acres de bosque continuo, o trigo, o maíz”. Si esto era cierto, entonces un buen conservacionista que buscara ser el mejor administrador posible de la tierra y la vida silvestre debería fomentar tales efectos de borde para promover la abundancia y diversidad de organismos en un terreno determinado. 

Aldo Leopold con, Flick, su perro, en un borde ecológico entre las praderas y los bosques, alrededor de 1944. Cortesía de Aldo Leopold Foundation.

El encuentro y la mezcla de diferentes organismos y características naturales que ocurre donde convergen los bordes leopoldianos no se limita a campos de maíz y arboledas, ya que los límites geográficos son fractales y operan en todas las escalas imaginables. Geólogos y ecólogos han caracterizado a Wisconsin durante más de un siglo como un lugar donde geografías muy diferentes—muchas de ellas operando a escalas continentales—se encuentran y expresan sus límites. Nos encontramos, por ejemplo, en la divisoria de aguas entre los Grandes Lagos y el Valle del Mississippi, de modo que algunos de nuestros arroyos y ríos fluyen hacia el Atlántico Norte y otros hacia el Golfo de México. El lecho rocoso en la parte norte de nuestro estado es casi mil millones de años más antiguo que el del sur, y estas geologías diferentes afectan todo, desde la agricultura hasta el turismo y la minería de arena para fracturación hidráulica. Los glaciares continentales han cubierto Wisconsin múltiples veces, el más reciente (que lleva el nombre del estado) se retiró hace menos de 15.000 años, dejando atrás suelos agrícolas fértiles en algunas partes del estado y humedales con drenaje deficiente en otras. Solo una parte de Wisconsin—el Área no Glaciada (Driftless Area), en el suroeste—nunca ha sido glaciada, y su topografía es completamente diferente a la de cualquier otro lugar. El borde entre las regiones glaciadas y no glaciadas del estado es una de sus características más definitorias. Las masas de aire predominantes producen temperaturas, patrones de precipitación y temporadas de crecimiento muy diferentes en las partes norte y sur del estado, y estas se combinan con el lecho rocoso, los artefactos glaciares y los suelos para producir los límites entre bosques, sabanas y praderas que ocupaban tanto el pensamiento de Leopold cuando escribía sobre los efectos de borde (Edge Effects). Todo en la historia y la geografía del estado ha sido moldeado por estos múltiples límites y los efectos de borde (Edge Effects) que los acompañan. 

Una respuesta obvia a por qué elegimos el título Edge Effects para nuestro blog del CHE, entonces, es nuestro deseo de hacer eco de la percepción de Leopold de que los bordes son lugares donde tipos muy diferentes de criaturas (y personas) se reúnen, se mezclan y cambian. Esto nos parece una metáfora atractiva para el propio CHE, ya que aspiramos a ser un hogar acogedor para académicos y científicos de cualquier disciplina que compartan nuestra pasión por intentar comprender cómo los seres humanos interactúan con el resto del mundo natural. Las disciplinas representadas entre las docenas de personas asociadas con el CHE van desde las ciencias naturales y sociales hasta las artes y humanidades, desde la historia y la geografía hasta la ecología y los estudios literarios, desde la arquitectura del paisaje hasta la sociología comunitaria y ambiental, desde la antropología hasta la botánica y la química, desde la historia del arte hasta la historia de la ciencia, desde la ingeniería hasta la entomología, y así sucesivamente. Aunque todos en el CHE estudiamos el cambio ambiental pasado y presente en relación con los seres humanos y las culturas humanas, abordamos este tema de maneras muy diferentes—con tantas preguntas, perspectivas y métodos distintos que reflejan nuestros diferentes trasfondos disciplinarios—que todos hemos llegado a reconocer que ninguno de nosotros puede aspirar a comprender fenómenos tan complicados por sí solo. Es solo cuando cruzamos los bordes de nuestras disciplinas para entrar en lo que medio en broma llamamos “el Espacio-CHE” que comenzamos a compartir e hibridar nuestro conocimiento. Es entonces cuando todo tipo de nuevos aprendizajes y percepciones comienzan. El Espacio-CHE es un lugar de efectos de borde intelectuales.

Este tipo de búsqueda y creación de conocimiento interdisciplinario refleja una tradición muy larga en la Universidad de Wisconsin-Madison. Fundada en 1848 y ampliada bajo la Ley Morrill de 1862 para recibir la concesión de tierras educativas del estado, la UW es una de las pocas universidades de investigación del país donde la institución tradicional de artes liberales y las nuevas escuelas de agricultura e ingeniería de la concesión de tierras de mediados del siglo XIX se combinaron en un todo integrado. En la mayoría de los estados, la “Universidad de X” se originó como una escuela de artes liberales (piensen en la Universidad de Michigan, la Universidad de Iowa, la Universidad de Oregón), mientras que la “Universidad Estatal de X” recibió la concesión de tierras para proporcionar un hogar a la ingeniería y la ciencia agrícola (piensen en Michigan State, Iowa State, Oregon State). En Wisconsin, la legislatura insistió (sobre las enérgicas objeciones de la facultad de artes liberales de Madison) en que todas estas se albergaran en una sola universidad. La consecuencia indirecta fue que las ideas comenzaron a moverse libremente entre disciplinas académicas que a menudo ni siquiera están en el mismo campus en muchas otras instituciones.

A flock of sheep grazing on the campus below the University of Wisconsin’s Agriculture Hall in the 1920s was evidence of the institution’s land grant traditions that made it so unusual. Courtesy UW-Madison Department of Life Science Communications. Click to enlarge.
Un rebaño de ovejas pastando en el campus debajo del Agriculture Hall de la Universidad de Wisconsin en la década de 1920 era evidencia de las tradiciones de concesión de tierras de la institución que la hacían tan inusual. Cortesía del Departamento de Comunicaciones de Ciencias de la Vida, UW-Madison. UW-Madison Department of Life Science Communications.

Estos “efectos de borde” disciplinarios significan que el muy disputado límite entre el conocimiento puro y aplicado nunca ha tenido tanto significado en Wisconsin como en otros lugares. Quizás por eso tantos estudiantes y miembros de la facultad en tantos departamentos y programas se sintieron atraídos más allá de sus propios límites disciplinarios mientras lidiaban con cuestiones de procesos naturales, políticas sociales y bienestar humano. Esto fue especialmente cierto para los temas ambientales, donde la universidad rápidamente se distinguió como pionera en muchos campos. Aldo Leopold es ciertamente uno de los representantes más conocidos de esta tradición, pero no está solo. Frederick Jackson Turner reinterpretó todo el curso de la historia estadounidense en términos de la relación de la nación con la tierra. Edward A. Birge ayudó a inventar la ciencia de la limnología utilizando los famosos lagos de Madison como objetos de estudio. John T. Curtis ayudó a reinventar la ecología vegetal al producir un estudio a nivel estatal de la Vegetación de Wisconsin que por primera vez organizó una flora estatal según principios ecológicos mientras prestaba atención a los cambios históricos en el uso humano de la tierra. Curtis, Leopold y otros científicos unieron sus conocimientos para crear el primer arboreto del mundo organizado por hábitat ecológico en lugar de por taxonomía linneana. Franklin Hiram King estudió técnicas de cultivo chinas para promover el estudio de la agricultura sostenible. James Willard Hurst transformó el campo de la historia legal estadounidense en parte al centrarse en el papel de la ley en la configuración del uso de los recursos naturales. Y el geólogo Charles Richard Van Hise en 1910 escribió el primer libro de texto sobre conservación de recursos naturales jamás publicado en los Estados Unidos.

El presidente de la Universidad de Wisconsin, Charles Richard Van Hise (izquierda), y su amigo el gobernador Robert M. La Follette, Sr. (derecha), fueron conjuntamente responsables de la relación especial entre la universidad y el gobierno estatal que Charles McCarthy etiquetó como “La Idea de Wisconsin” en un libro con ese título publicado en 1912. Foto de Van Hise 1904, Wikimedia Commons; foto de La Follette Wikimedia Commons

La ciencia y la erudición de este tipo—aplicando el conocimiento académico más riguroso al estudio y solución de problemas del mundo real—llegaron a conocerse a principios del siglo XX como “La Idea de Wisconsin”. Van Hise declaró en 1904: “Nunca estaré contento hasta que la influencia benéfica de la Universidad llegue a cada familia del estado”. En colaboración con su antiguo compañero de habitación de la universidad, Robert M. La Follette, el gobernador republicano que se convirtió en uno de los líderes progresistas más famosos de su generación, Van Hise alentó a los miembros de la facultad de la UW a trabajar con los asistentes del gobernador y con los legisladores estatales para diseñar nuevas políticas que beneficiaran al pueblo de Wisconsin y a los ciudadanos de los Estados Unidos de manera más amplia.

Solía decirse de la Idea de Wisconsin que “los límites de la universidad son los límites del estado”; ahora extendemos esa frase para incluir no solo el estado, sino también la nación y el mundo. Aún así, el valor central sigue siendo el mismo: la Universidad de Wisconsin nunca ha creído en construir o defender una torre de marfil, porque su trabajo más interesante típicamente ha tenido lugar en los límites donde la academia se intersecta con el mundo más amplio. En ese sentido, la Idea de Wisconsin es otro efecto de borde que CHE trata de apoyar siempre que puede y donde puede.

El argumento de Leopold era que muchas especies buscaban los bordes debido a la variedad de recursos disponibles cerca de esos límites.

No debería terminar sin reconocer que la ecología actual tiene una visión más sombría de los efectos de borde que la que tenía Aldo Leopold cuando introdujo por primera vez el concepto. Con el surgimiento de la biogeografía de islas en la década de 1970, y con la creciente preocupación entre los biólogos por la amenaza que representa la fragmentación del hábitat para especies vulnerables en todo el mundo, los bordes que parecían tan abundantes y diversos para Leopold ahora a menudo parecen menos benignos. Los efectos de borde pueden ser peligrosos, incluso letales, si no prestamos la mayor atención posible no solo a los beneficios, sino también a los riesgos que ocurren al cruzar límites.

Quizás haya una analogía valiosa en esto incluso para los efectos de borde positivos que buscamos cuando conversamos a través de divisiones disciplinarias y culturales. Cuando los humanistas ambientales y los científicos atravesamos límites disciplinarios en busca de una mayor comprensión, nuestro objetivo no debería ser abandonar el conocimiento disciplinario, sino ampliar sus contextos mientras probamos sus límites de la manera más responsable y respetuosa posible. Los efectos de borde son valiosos precisamente porque ocurren donde los hábitats, las culturas y las disciplinas están marcados por límites significativos.

Hay una moraleja aquí que espero que podamos honrar tanto en este blog como tratamos de hacerlo en el CHE de manera más general: cuando antiguos extraños abandonan sus zonas de confort disciplinarias para habitar juntos un hogar recién compartido, es mejor hacer mucha escucha para aprender tanto como podamos sobre nuestros compañeros en el espacio común que estamos creando con las ideas de los demás. Cuanto mejor nos conozcamos y comprendamos mutuamente, más fácil será fomentar el reconocimiento y respeto mutuos que nos permiten aprender y vivir juntos.

Reconocimiento y respeto al servicio de un saber y una comprensión compartidos: estos también pueden ser efectos de borde, que honran tanto las diferencias como las similitudes. Más que cualquier otra cosa, son lo que esperamos nutrir en el común digital que estamos construyendo juntos en este blog llamado Edge Effects.


Imagen destacada: Aldo Leopold con su perro, Flick, en un límite ecológico entre el campo y el bosque, alrededor de 1944. Fotografía cortesía de la Fundación Aldo Leopold.

William Cronon es Catedrático de Investigación Frederick Jackson Turner y Vilas de Historia, Geografía y Estudios Ambientales en la Universidad de Wisconsin-Madison. 


  1. Frederic E. Clements, The Development and Structure of Vegetation (Lincoln, Nebraska, 1901), 150ff. 
  2. Aldo Leopold, Game Management (New York: Scribner’s, 1933), 131-32